jueves, 4 de julio de 2013

El Lobato

PRÓLOGO
De Manuel Pablos.

Hubo un tiempo en nuestras vidas el  cual nuestras mayores preocupaciones eran rellenar los pequeños espacios con cosas pequeñas que, sin embargo, era lo que llenaba en plenitud nuestras ansias de vivir.
Nuestras almas eran como delicadas fuentes de cristal, transparentes, puras y cristalinas como el agua de una fontana virgen, pero quebradizas como la gota que salta de ella y se deshace en mil micro gotas con la suavidad del soplo de la brisa fresca.
Y sin embargo disfrutábamos de estos momentos, daba igual que fueran importantes o menos importantes, con una intensidad que nunca más fuimos capaces de reproducir. Actuaban de forma asíncrona los cinco sentidos, cada uno por su lado, formando una especie de orquesta loca que, sin embargo, no se sabía cómo ni por qué, sonaba maravillosamente.
Nos entusiasmaba el vuelo de una mariposa que aleteaba a la ciada de la tarde, entre los parterres de las flores silvestres, pintando increíbles cuadros costumbristas que ningún pintor sería nunca capaz de poder reproducir. Y sin embargo nuestras pequeñas almas sentían como una alegría salvaje que te recorría todo el cuerpo, te embotaba los sentidos y te dejaba extasiado, mirando sin ni siquiera comprenderlo, el milagro de la naturaleza en toda su extensión.
Nos entristecía una puesta de sol porque era la frontera de nuestros disfrutes de aquel día y vivíamos el momento con la desesperación de quien no espera ver otras miles de puestas de sol a lo largo de su vida, porque todavía no sabíamos que la vida iba mucho más allá del día siguiente.
Éramos pobres de solemnidad en bienes y no nos importaba lo más mínimo si el dinero existía o no existía, porque en caso de tenerlo, que no era casi nunca el caso, no sabíamos qué hacer con él, no nos servía para nada. Pero éramos millonarios en sentimientos, casi todos buenos, de manera que incluso aquellos que nos habían dicho que no eran buenos, sí que lo eran en nuestras mentes, aunque no lo fueran en las mentes de quien trataban de imponernos sus pensamientos, casi siempre viciados por los años que nosotros no teníamos. Porque sus almas no podían ser como las nuestras.
Nuestras pequeñas-grandes preocupaciones, acababan casi donde empezaban y no iban más allá de los valores primarios, pero eternos, de la amistad, el cariño hacia los demás, la seguridad de unos padres pobres, pero con el cariño temblándole en las manos y en las almas; un cariño que en pocas ocasiones eran capaces de manifestar en voz alta, porque nadie les había enseñado a hacerlo. Muy por el contrario siempre les habían hablado de que “no era de hombres”, manifestar según que sentimientos, ni en los peores momentos de su vida. Así es que aprendieron a ocultarlos en un semblante siempre serio, incluso en sus labios o en  sus ojos, siempre crispados por algo, siempre tristes incluso en las alegrías. Pero en el fondo de su alma estaba íntegro el cofre de los sentimientos no manifestados y algunas veces, cuando nadie los veía, explotaba en mil cristales transparentes, como cuando el vaso, que ha sido duro una vida entera, se te cae de las manos y estalla en mil pedazos, extendiendo pequeños fragmentos diamantes imaginados por doquier.
Solo los niños fuimos capaces de romperles esos cofres de tesoros amasados con el sudor, las lágrimas y las amarguras aprendidas y desparramados con el abrazo tierno de los padres momentáneos de la protección o el amor más hermoso. En nosotros vertieron, sin ni siquiera saberlo, la jarra del instinto, el vino dulce que llenaba por un momento nuestras pequeñas mentes con la satisfacción de saber que sí nos querían, aunque no nos lo dijeran.
Este escrito trata de pintar ese cuadro de los sentimientos infantiles, pintado con los pinceles de quienes sabiendo que un día fueron niños, intentan ser mayores sin acabar de conseguirlo.
Esta historia, o como queráis llamarla, ha sido escrita al alimón por María Calzada y Manuel Pablos. Deseamos la disfrutéis.

EL LOBATO
Un relato escrito por :
María Calzada y
Manuel Pablos
Todas las tardes cuando salía de la escuela el padre ya le había dejado sobre el murete de adobe de la conejera, el saco de arpillera y el hocín o el “zolacho”, para ir a buscar la hierba para los conejos.

Al padre le había dado por criar conejos, porque decía que era la manera de comer carne todas las semanas, sin que le costara un duro, así es que había traído tres parejas de conejos y les había montado una conejera que ocupaba todo el espacio de la carretera que había debajo de la tenada de jara, a la derecha del corral. El suelo era de peña, así es que no les permitía hacer huras, por lo que les había fabricado unas conejeras de madera, con un cajón adosado que se comunicaba con la conejera mediante un agujero, que era la paridera. Con unos trozos de material había hecho una puerta en la parte de arriba de la paridera y había colocado una piedra pesada para evitar que los gatos o los perros se comieran las crías. Al niño se le salían los ojos cada vez que una coneja paría, seis u ocho gazapos y el padre levantaba la tapa de la paridera para que los viera. Eran apenas del tamaño de un gatín chico y no tenían pelos, pero si tenían una suave piel, que le pareció tan delicada como la piel de un bebé recién nacido. No abrían los ojos y tanteaban el espacio con unas patitas pequeñillas y sonrosadas, colocándose a veces, torpemente, unos encima de los otros, emitiendo un sonido gutural casi imperceptible, al tiempo que sacaban unas lengüecillas pequeñas y carnosas de un color rosa pálido. El padre no dejaba que los tocaran mucho, porque decía que la coneja los aborrecía y luego no les daba de mamar y se morían. Algunas veces, cuando el padre no estaba, saltaba la tapia de adobe, abría la paridera y los cogía un momento entre sus manos, delicadamente y sin apretar, temiendo que se les cayeran o que se rompieran de pronto, hasta que la coneja se ponía nerviosa y daba unos cuantos golpes secos con sus patas en el suelo, al tiempo que emitía una especie de chillido de enfado. Entonces volvía a depositar el gazapillo en la mullida cama hecha con pelo de la propia coneja, cerraba la tapa y ponía la piedra. Entonces volvía asaltar la tapia, cogía el saco y metía el hocín dentro y se lo echaba a la espalda, mientras remataba la merienda, una rebanada de pan con Tulipán, o con manteca y azúcar, que la madre le había dejado en la cocina, salía por la puerta del corral, que chirriaba como si le hicieran daño, y enfilaba por el camino de la Fuente.


Algunas veces le estaba esperando su amiga Meli, que era más o menos de su edad, nueve años, y se iban juntos, incluso se cambiaban o compartían las meriendas, porque la madre de su amiga no era partidaria de darle merienda de “chupalandrinas”, como los Tulipanes o el chocolate con almendras y siempre le ponía un trozo de chorizo. Se sentaban a merendar al sol en las piedras de la era del tío Celedonio y se cambiaban o compartían las meriendas. Su amiga Meli era hija del tío Ángel, el Posible, que era un “mutilao de guerra”, al que le gustaba enseñar el muñón que le quedaba de su mano izquierda, porque en la Guerra Civil de España había sido de “la quinta del biberón” y cuando en 1939 se acabó, se fue voluntario a la División Azul, con un tal Muñoz Grandes, que debía ser un militar muy importante y muy valiente  y estuvo en Rusia, según le había contado muchas veces a todo el que quería oírlo y lo habían herido en el frente de Moscú y allí lo habían dejado tirado, no sabían si muerto o vivo.
“Allí me quedé, desmayao”, desangrándome, entre dos trincheras, decía el tío Ángel, sin moverme hasta que se hizo de noche, porque al que se movía, desde el otro “lao” lo liquidaban. Cuando se hizo de noche me fui arrastrando, casi congelao del todo, hasta que llegué cerca de donde estaban los nuestros y cuando sentí hablar en español comencé a gritar, sin fuerzas casi: “¡Españoles, no tiréis, que soy hermano vuestro y vengo herido de muerte!. Hasta que un “soldao español” me oyó y me pudieron rescatar. Porque los que se quedaron dormidos o desmayaos, al día siguiente los encontraron congelaos a todos.
 Lo cierto es que volvió a casa cuando ya lo habían dado por muerto oficialmente y le había hecho la misa de funeral… Su madre, la abuela de Meli, se ve que cuando lo vio entrar en casa se llevó un susto de muerte y salió corriendo por todo el pueblo gritando:”¡¡¡ Ha vuelto el mi Ángel de la guerra, no es posible, no es posible…!!! Y se quedo con “Ángel el posible”, para los restos.
Cuando acababan la merienda se echaban el saquillo al hombro y, dependiendo del día iban a uno u otro sitio, para evitar que la yerba se acabara. Conocían al dedillo los rompíos donde crecían los “jolios” más frescos, las tierra bajas donde estaban las mejores “mielgas”, los sembrados donde crecían las claveleras más tiernas, los prados donde estaba el cardillo más delicado y dos o tres huertecillos de aquellos que llamaban familiares, donde a veces encontraban hojas de berza en las lindes y, si cuadraba y no había nadie cerca, algún que otro nabo o unas cuantas manadas de alfalfa, iban a parar al saco. Lo cierto es que cada día, en poco más de una hora, llevaban el saco lleno. En primavera, cuando los sembrados se llenaban de amapolas rojas, los niños recogían gran cantidad de ellas, pues la madre, que era maestra, les había dicho que las amapolas tenían unas sustancias “euforizantes”, que hacían que los conejos se reprodujeran más y así tenían más crías cuando parían. Lo cierto es que en realidad existen variedades de amapolas que contienen opio y otras unas sustancias que, efectivamente, son euforizantes y eran utilizadas desde los tiempo antiguos como diferentes remedios curativos para las mujeres o los hombres que no podían tener hijos, de diversas maneras, pues consideraban que ayudaban a la Naturaleza.
Cuando llegaba a casa con el saco lleno, le vaciaba la mitad en medio de la tenada y se sentaba a mirar encima de la tapia de adobes. La otra mitad la guardaba para la mañana siguiente, porque decía el padre que si comían mucho se “zurraban”, que era algo así como que le entraba “cagalera” y se ponían malos. Los conejos iban saliendo poco a poco de las conejeras donde se habían escondido cuando oyeron crujir la puerta del corral, porque como había observado muchas veces, los conejos son muy asustadizos y en cuando oyen el menor ruido, dan un golpe con las patas traseras en la tierra y se esconden rápidamente.
Le gustaba ver como se comportaban los animales. Primero asomaban la cabeza y comenzaban a mover el morro hacia todos los lados, al tiempo que alargaban las orejas, se ponían derechos apoyándose  en las  dos patas traseras y se atusaban la cara con las patas delanteras. Luego comenzaban a mover los bigotes a todos los lados y comenzaban a caminar a saltitos cortos, lentamente, hacia donde les había tirado la hierba. En un momento salían todos, rodeaban la comida y comenzaban a roer las plantas, ayudándose de las patas delanteras para sujetarlas. Los gazapillos corrían sin parar alrededor de la tenada, levantando exageradamente las patas traseras para saltar,  haciendo unas cabriolas muy graciosas. En algunas ocasiones caían de panza o de costado, daban un chillido, no sabía si de miedo o de satisfacción,  pero  se levantaban rápidamente y comenzaban a correr como locos, zigzagueando a derecha e izquierda a una velocidad sorprendente, sin chocarse los unos con los otros ni  con la pared. Mientras tanto los demás conejos seguían comiendo tranquilamente, moviéndose pausadamente, si hacer el menor caso de los pequeños. Entonces el niño daba un par de palmadas y se reía como un loco cuando todos los animales corrían espantados para esconderse, cada uno a su conejera, y en un par de segundos no quedaba ni uno solo. Entonces bajaba de la pared y se metía en casa a hacer los deberes de la escuela.

Un día más Meli y su amigo, regresaban de recoger yerba. Cada uno  carga un saco que parece  más grande que ellos. La niña cree que los han llenado demasiado, su amigo tiene mucha habilidad  para encalcarla en el saco y hoy ha sido él quien le ha ayudado a llenarlo. El tiempo se les ha pasado volando. Se han enredado jugando durante un buen rato. El promontorio que hay al lado del prado, cubierto de un manto verde de yerba los ha invitado a tirarse rodando ladera abajo. Primero fue su amigo que sin más, se puso a rodar, pero a la niña, más cuidadosa, se le ocurrió protegerse y para no marcharse del verde de la yerba, se metió en el saco. Al niño le pareció divertida la idea y así cada uno en su saco, agarrados del borde y al mismo tiempo protegiéndose la cabeza, rodaron una y otra vez muertos de la risa. Antes de entrar en el pueblo cuando ya casi la gavia de la orilla del camino está a punto de desembocar en el regato y enfrente de la alcantarilla de dos ojos que deja la entrada a una huerta, Meli se descarga el saco.
 -¡Uf!  Voy a descansar un rato.
-Meli no puedo esperar, se me ha hecho tarde, hoy  tengo muchos deberes…
-No te preocupes, no me esperes, si ya estamos en el pueblo.
Realmente estaba cansada, había perdido la cuenta de las veces que había subido la cuesta para bajar rodando pero, le había servido para quitarle durante un rato esa especie de preocupación que le mariposeaba en la boca del estomago, El día antes el padre le había comentado lo rara que veía a la perra. “Está al caer, cualquier día amanece con media docena de perrillos…Y no sé qué vamos  hacer con ellos…”
Se sentó en el borde de la alcantarilla y se dispuso a descansar y disfrutar de la tranquilidad de aquella hora de la tarde cuando el sol ya había perdido fuerza pero los días ya eran más largos. Era el comienzo de la primavera y ya habían hecho acto de presencia la mayoría de las flores que adornan el campo. Así lo estaba viendo, y a esa hora le parecía que la luz le daba la calidez apropiada para verlo más bonito. En frente tenía un campo sembrado de trigo, teñido de rojo sangre por tantas amapolas, un poco más allá la silueta serpenteante del regato se dibujaba por los arbustos de los espinos, inundados de florecillas blancas, parecían velos de novia esperando a ser recogidos para adornar el vestido. Y las eras que tenía un poco más a su derecha eran, un manto verde salpicado de florecillas, margaritas, blancas y amarillas, campanillas y tijeretas de varios colores y la orquídea silvestre parecía haberse hecho dueña de toda una esquina que, en la distancia, era como si la hubieran pintado de color morado. Las orillas del camino parecían parterres de mil colores, blancos, amarillos, lilas, rojos… todas parecían estar allí al mismo tiempo para pintar cuadros impresionistas.

Remolonamente dirigió la mirada hacia la entrada del pueblo, allí también los jardines de las casas empezaban a lucir sus mejores galas, una buganvilla repleta de flores rojas recorría la pared enredada entre rosales de diferentes colores, casi a la sombra de un sauco que, un poco más tardío, ya apuntaba sus flores blancas. Nunca había mirado las maravillas de la primavera de esta forma, sin duda era la estación más bonita del año, se lo comentaría a su amigo… Al tiempo, con pereza recogía el saco y se lo ponía a la espalda para seguir hasta casa.
-¡Va! Me llamará tontorrona…
Cuando llegó a casa  encontró al padre en el corral sentado en un tajo de tres patas, de los que hacía  su amigo y compañero  Gildo cuando  en invierno preparaban cisco en el monte. Los utilizaban para sentarse mientras comían.  Después terminaban en la hoguera pero, siempre había alguno que se libraba de la quema y andaba  desperdigado por el corral. El padre los utilizaba para sentarse mientras acababa alguna faena que pudiera hacer de sentado.
Allí estaba, en medio del tenao, una especie de porche a la salida de la casa hacia el corral. Desde allí se distribuían diferentes apartados para el ganado y componían una parte del corral, bajo techo, resguardado del sol y la lluvia.  En frente, en un caseto que antes había sido una cebonera,  el padre  había limpiado y  preparado una cama de paja nueva y un trozo de costal viejo, para que la perra estuviera cómoda.
Justo detrás de él a la derecha nada más  salir de casa,  una escañeta vieja puesta sobre la pared hacia las veces de conejera. El padre la había levantado con un par de adobes en cada pata  y después forrado con alambrera. Dentro una paridera y allí ponía las conejas a  parir. Durante un tiempo la camada vivía en ese espacio, cuando eran más grandes los pasaba a otro apartado un poco más grande.
Meli dejó el saco y la hoz en el suelo, se acerco muy despacio hasta donde estaba el padre que, observaba a la perra preocupado, era la primera vez que paría y no sabía cómo le iba a ir.
 Sorprendida veía como la perra se levantaba nerviosa dando vueltas sobre sí misma, para volver a tumbarse al tiempo que soltaba una especie de gruñidos. La niña hizo un gesto de acercarse alargando un brazo como queriendo acariciarla  pero,  el padre le dijo que no.
-Hay que dejarla tranquila, ella sola lo hará muy bien. Ya nos acercaremos si tiene problemas, hay que tener paciencia.
 La niña decidió sentarse en el suelo al lado del padre a esperar para ver en qué termina aquello. 
De repente  Leona se levanta, agarra el trozo de costal con la boca y lo coloca donde ella cree que va a estar mejor. Parecía no encontrar la forma de acomodarse. Se tumba sobre la tela, sigue inquieta, remuga y gira nerviosa la cabeza hacia la parte trasera de sus patas. Al cabo de un rato la niña observa con los ojos muy abiertos por el asombro, el milagro de la vida. Al tiempo que la Leona levanta ligeramente el rabo va saliendo, muy despacio, una especie de bola casi blanca que en unos segundos cae  al suelo. Era una bola alargada, cubierta por una tela transparente y viscosa, que no se movía. Rápidamente la perra gira la cabeza hacia atrás y comienza a darle casi de forma obsesiva, lametazos. Meli mira preocupada, aquello no se mueve…-¡Está muerto!
-No, viene envuelto en una bolsa y ves, se la está quitando.
Con  habilidad e insistencia la perra lamia la tela que envolvía al cachorro, que  en cuanto quedó medio descubierto, de pronto,  se impulsó para darse la vuelta y quedar con las patas para abajo. Tembloroso se pone de pie, y solo entonces se vio con claridad la figura del cachorrillo blanco con manchas rubias. Y en aquel momento se produjo el maravilloso milagro de la ternura pues la Leona continuo lamiéndolo, dándole calor, y acercándolo mimosamente a su cuerpo como  indicándole el camino a seguir para encontrar las tetas, llenas a rebosar de leche tibia, y le empujaba delicadamente con el morro húmedo para que mamara, mientras en sus ojos, más grandes y brillantes que nunca, se dibujaba una felicidad sin límites, la felicidad que produce en las hembras animales, la maternidad.
La niña no se daba cuenta pero, se le estaba dibujando una sonrisa en la boca y en voz alta dijo; -¡Qué bonito es!
-¡Blanco manchao, a saber quién es el padre…!
-Es igual, es muy bonito.
Y los dos rompieron a reír a carcajada limpia, haciendo que los gallos que andaban por el corral, levantaran la cabeza espantados al tiempo que iniciaban un ruidoso cacareo, como si se sintieran celosos de tanta felicidad
Mientras tanto la perra seguía cuidando al cachorro con gestos cariñosos e intentaba romperle el cordón umbilical desgastándolo a lametazos muy rápidos, el padre estaba recordando como Leona había estado desaparecida durante unos días. En casa, Meli y su madre, estaban preocupadas por si le había pasado algo pero, bien sabía él que esa escapada tendría estas consecuencias. No había muchos perros en el pueblo y posiblemente se había ido a un pueblo cercano o alguna dehesa.
A la niña le pareció oír ruido a sus espaldas, al girar la cabeza se dio cuenta que la camada de conejos estaban al borde de la alambrera. Algunos con las patas delanteras apoyadas sobre ella, observando expectantes con las orejas tiesas, lo que no acertó a adivinar es, si era por lo que allí se estaba viviendo o por el saco de yerba que estaba al lado. Sonrió para sí misma y cuando volvió a mirar a la perra, se dio cuenta que se había perdido el nacimiento del segundo cachorro. Ya la tranquilidad se iba palpando en el ambiente y apenas se dieron cuenta del transcurrir del tiempo.

 Cuatro cachorros fueron el resultado del parto de Leona que ahora parecía encontrarse tranquila y feliz amamantándolos.

Meli esa noche tuvo que irse a dormir sin poder acariciar a la perra ni a los cachorros, su padre le había dicho que los dejara tranquilos que, a los animales recién paridos no les gustaba que le tocaran las crías, con algunos había que tener cuidado, se podían poner agresivos.
A la mañana siguiente antes de ir a la escuela, desayunó rápido para pasar por el corral y ver a Leona y los cachorros. Se acercó muy despacio, se arrodillo delante de ellos  y creyó entender que la mirada de la perra le daba confianza suficiente para acariciarla, lo hizo con cuidado hasta que le pareció que, también podría acariciar aunque fuera a uno solo de los perrines. Estaban los cuatro muy juntos, dormidos, con las cabezas apoyadas sobre la barriga de la madre. Solo se atrevió a pasar la mano por encima del lomo de uno de ellos y encontró que era tan suave y delicado que le parecía que si lo cogía se podía romper. Le hizo la última caricia a la perra, le planto un beso en la cabeza y se fue corriendo a la escuela. Rápido tendría que pensar donde colocar a los cachorros. Su padre el día menos pensado los haría desaparecer.

Aquella tarde Meli estaba sentada en la pared de la cortina con los pies colgando sobre el camino, moviendo rítmicamente las sandalias de goma roja, hacía atrás y hacia adelante. Pensaba en lo que había pasado los últimos días

Lo miró  fijamente, pero enseguida desvió los ojos al suelo, por lo que el niño, que la conocía bien, sabía que algo le preocupaba. Parecía contenta y triste a la vez.

-Ha parido la Leona, dijo de sopetón, con poco  entusiasmo. Tiene cuatro perrines  chiquininos, dos jaros y dos manchaos. Pero mi padre dice que no quiere más que uno, así es que los otros los quiere tirar al regato. ¿Tú no querrás uno?
- No sé, no creo que mi padre me deje tener un perro.
-¿Por qué no se lo preguntas? A lo mejor le interesa tener uno para que os guarde los conejos.
-¿Desde cuándo los perros guardan los conejos? Los perros los cazan y se los comen, si acaso.
- A los de monte sí y a las liebres, pero a los de casa no les hacen nada. La Leona nunca los ha tocado.
- Claro, porque tu padre los tiene candaos en el caseto chico, pero si anduvieran sueltos por el corral, seguro que los cazaba, porque todos los perros son cazadores.
- Pues la Leona no es cazadora, porque a veces se escapan y ni los toca. ¿Pa donde vamos hoy?
_ Hoy pa la “buerta” del tío Peralo, que me dijo el Benino que habían arrancao los nabos y habían dejao los macaos tiraos en la linde, que los fuéramos a coger, que a los conejos les gustan los nabos.
Echaron a andar por el camino de Ledesma hasta la huerta del tío Peralo, que estaba a medio kilómetro del pueblo y cuando llegaron estaba el Benino arrancando unas berzas y les dejó coger las hojas malas, así es que entre unas cosas y otras casi llenaron los sacos.
-Hoy os ha ido bien a vosotros dos, habéis hecho pronto la carga. Segarme la yerba de esa linde, que está crecida y también es muy buena pa los conejos. Por San Antonio, ya podéis darme uno. ¿No seréis algo novios, vosotros, que andáis siempre juntos?
- Calla, so bobo, dijo Meli, poniéndose colorada como un tomate. ¿Cómo vamos a ser novios si tenemos nueve años? Los novios tienen que ser grandes, como tú y la Toña. Además, yo ya tengo otro.
- ¿Ah, sí? ¿Y quién es, si se puede saber?
-¡A ti te lo voy a decir, si hombre!
- Y yo otra, replico rápidamente el niño… Mi prima Rosa.
- ¿Tú no querrás un perro chico?, pregunto Meli de sopetón a Benino, el Peralo.
-¿Un perro chico…?. Ni uno grande, que yo soy yo bastante perro, dijo riéndose a carcajadas.
-Es que ha parido la Leona y mi padre quiere tirarlos al regato.
- Bueno, es lo que se hace siempre, ¿no? Nadie quiere perros, que el pan está caro
-Eso mismo dice mi padre…
-Pues entonces ya los puedes dar por muertos.
-O puede que no, so listo. Igual a este le dejan tener uno y a los otros puede que le encuentre amo.
-Puede…¡Hala, segar las yerba que se os hace tarde!, dijo el Benino, y siguió a lo suyo.
El sol iba metiéndose poco a poco entre los encinares. Había reflejos rojizos pálidos en la línea del horizonte y azules verdes preciosos, que competían con los rojigualdas de los trigales. Las alondras se desgañitaban trinando en los linderos de los sembrados, los cucos lanzaban sus retos ocultos entre las encinas, las tórtolas lloraban sus amores tristes posadas sobre las ramas secas de los robles, las palomas zuritas pasaban silbando como balas, haciendo acrobacias increíbles entre los hayedos y por todas partes la Naturaleza enseñaba sus galas de fiesta. Los niños caminaban en silencio, desandando el camino hacia el pueblo.

-Oye, dijo de pronto Meli, que lo que le he dicho al Peralo del novio es mentira. Solo lo he dicho por chincharlo, pero a mí no me gusta ninguno.
-Ni a mí tampoco, dijo el niño, fijando los ojos en la tierra del camino. Además, que los primos no pueden ser novios.
- Pues eso. ¿Tenemos que confesarnos por decir mentiras?
- Yo creo que no, porque no son mentiras gordas, y a mí me dijo una vez D. Antonio, el cura, que fuera al grano, que las mentiras pequeñas no se tenían que confesar.
-Menos mal, dijo Meli. Además al cura tampoco le importará mucho si tenemos novios… ¡como él no puede tener novia!
- Ni falta que le hace, dijo el niño, dando una patada a una piedra.
Justo cuando llegaban al pueblo, el sol escondió sus últimos rayos mortecinos arrastrándolos desganadamente detrás de los tesos y una banda de vencejos pasó por encima de sus cabezas, persiguiéndose y chillando alocadamente. Los niños alzaron la cabeza y siguieron las acrobacias de los pájaros durante un momento. Al llegar al cruce de la calle se despidieron hasta el día siguiente.
- Mañana quedamos donde siempre, ¿no?.
- Sí, dijo Meli, donde siempre. Luego ya tiraremos para cualquier sitio.

“Angel el posible” era un hombre tenaz, lo había demostrado a lo largo de su vida. Lo que se proponía lo llevaba a cabo, aunque a veces las situaciones parecieran difíciles; todo él era un ejemplo. Seguramente las situaciones vividas en las guerras habrían hecho de él un hombre con las ideas claras y el convencimiento de no darse por vencido y que la lucha con uno mismo te lleva a conseguir lo que quieres. Después de la experiencia vivida en la división Azul, arrastró su vida en diferentes trabajos recorriendo fincas y pasando penurias. Pero en ese trajín atesoró experiencias   que hoy le servían no solo para seguir sobreviviendo, también para  comentarlas a su hija y para contarlas a quien quisiera escuchar, pues  tenía buena labia y sabía como para hacerse oír.
Había oído decir a los niños que el padre del amigo de su hija, pensaba hacerse cazador. Aunque sabía que Meli trataría de buscar un hogar a los cachorros, a través de sus amigos, no creía que lo pudiera conseguir, pues la gente no quería animales en casa, solo para tener una boca más que alimentar. Los perros en el campo siempre habían cumplido con algún deber, cuidar ganado, o ser cazadores, siendo  fieles compañeros  de sus amos y a través de esa simbiosis natural,  desempeñar la labor para lo que hubieran sido adiestrados. Ángel por sus condiciones de trabajo, siempre había tenido perros y los había adiestrado a su medida. Había conseguido verdaderos compañeros de viaje, a pesar de no tener razas especializadas, siempre logró que cumplieran con lo que necesitaba, de tal manera que sin tener perros de caza, estos le ayudaban a cazar los conejos o libres que necesitara. El no era cazador al uso, no era cazador con escopeta, las armas las cargaba el diablo y ya había visto bastantes.  Además con el muñón en la mano izquierda, mal aguantaría el retroceso de una escopeta. Había aprendido a tirar el porro sobre conejos y libres y cuando acertaba a darles, que era la mayoría de las veces, y quedaban atontadas, su perro terminaba apresándolas. Consideraba que los años le habían dado un buen conocimiento de los perros, les había dado su sitio, los había tratado bien, teniendo solo los necesarios y era ahora cuando tener un perro era más un capricho que otra cosa.
-A mí un perro que me coge el fato, ya no se me despega en la vida, solía decir.
- ¿Y cómo haces para que te coja el fato?.
- Muy fácil. Lo tienes un par de días sin comer. Luego te metes un mendrugo de pan debajo del sobaco y de vez en cuando se lo das a oler, pero no se lo dejas comer. A los dos días se lo tiras y que se lo coma y la olor del sobaco se le mete dentro y te sigue como un cordero. Después, con un poco de paciencia, lo vas haciendo a ti. Al final es manso como un “bué”.
Con estas premisas se encaminó hacia la casa del padre del amigo de su hija, dispuesto a poner en marcha todas sus armas verbales, a fin de que se quedara uno de los cachorros. El padre del chico era reacio a hacerse con un perro pues, tampoco tenía claro del todo lo de hacerse cazador. Pero Miguel había salido de casa convencido en la misión de colocarle el cachorro, soltándole todos los parabienes y ventajas de tener un perro. Además esa raza la conocía y sabía de las buenas condiciones que atesoraban a poco que se pareciera a la madre. Fue tal el despliegue de razones por las que debía tener un perro que, el padre del chico no supo si primero le convenció para coger el perro, o si antes, le facilitó la forma para hacer los trámites de cazador. El caso es, que el hombre  quedó con cierto desasosiego, por lo que todo, le parecía una precipitación, se vio con un perro pues, había dado su palabra y no tardarían en traérselo y casi en la obligación de ser cazador.
“Ángel el posible” llegó a casa más contento que unas pascuas. Le parecía que  el esmero y empeño que había puesto para colocarle el perro, había sido digno del mejor trato, tenía fama de buen tratante, cuando vendía ganado. Con estas buenas vibraciones  le dio la noticia a Meli,  que contenta pensó ya no tendría que poner en aprietos a su amigo.
Esa tarde Meli corrió al punto donde quedaban todos los días para segar yerba. Llegó antes que su amigo, e impaciente miraba hacia el camino para ver si llegaba. Cuando a lo lejos alcanzó a divisarlo, sonrió, le parecía que el chico también venia contento.
“Hola” dijeron al tiempo, y se echaron a reír.
-Mi padre ha ido a hablar con el tuyo…
-Ya.
-¿Estás contento? Es muy bonito, te gustará.
-Sí, ya tengo ganas de verlo.
-No te preocupes cuando quieras vienes a casa verlo, ahora es mejor que sigan con la Leona unos días más, mamando se hará fuerte.
Meli sonreía inquieta.
-¿De qué te ríes...?
-Te lo vas a pasar muy bien pero, si tu padre lo quiere para cazar, tienes que tener cuidado. No se lo digas a tu padre, pero el mío dice, que los perros que se adiestran para trabajar no pueden estar entre los niños.
-¿Porqué?
-Dice que se hacen unos falderos, juguetones.
-¿No podré jugar con él?
Meli reía al tiempo que le decía;
-Sí, puedes ayudar a tu padre a educarlo para cazar pero, seguro que le gustará más jugar contigo. Tienes que vigilarlo, Leona cuando todavía era un cachorro, un día que mi madre tenía la ropa colgada en la cuerda del corral, empezó a dar saltos, queriendo agarrar con la boca la ropa que se movía con el viento. Después de intentarlo un rato, alcanzo unos pantalones… menos mal que mi padre llegó a tiempo, porque los hubiera hecho trozos. Al principio mi padre se enfadó un poco pero, luego yo le vi que se reía. ¡Tú juega con él cuando no te vean!  ¿Nos vamos?
-Sí…
- Pues sabes una cosa… mi padre anda ilusionao. Le ha dicho a la madre que como ya tendrá perro de caza, se va a comprar una escopeta de caza del doce, y anda preguntando a la cuadrilla de cazadores del pueblo, ya sabes al José Luís, Genaro, Quico Juanes y esos…, los que mataron la loba y eso, para ver si lo dejan salir con ellos.
- Pues entonces ya no se nos escapa, ya tienes perro... ¿Cómo lo llamamos?
- No sé, a mi me gusta Lobato. Porque tiene los colores de un lobo pequeño.
- ¿Tú has visto alguna vez un lobo pequeño?
- Yo sí, cuando cazaron la loba. Me los enseñó Genaro; son como los perrines y no muerden ni arañan, ni nada. Y eran igualitos al perrín tuyo.
- ¡Pero si todavía no lo has visto!
- Ya, pero me lo he soñao. ¿Y si vamos a verlos ahora?
- ¡Pues vamos, que ahora no hay nadie en casa!. Eso sí, si la Leona nos gruñe, no los podemos tocar, que nos muerde. Dice mi padre que es porque anda “encelá”.
_ ¿Qué es encelà?.
- No sé, pero debe ser algo malo, porque si muerde…
_ Bueno, pues por si un caso, vale más que no los toquemos.
Y enfilaron calle abajo hasta el pajar donde la Leona tenía los cachorritos.
(CONTINUARÁ)


1 comentario:

  1. Lo que yo te diga, vas camino de escribir un libro. No lo haces porque no te lo propones ¡vamos! completita del todo.
    Un beso a las dos

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